Cíclica. (Cuento)

Maria conoció a Aimer cuando eran adolescentes, vivieron un fugaz amorío de juventud más emocional que físico, pero el tiempo hizo con ellas lo que hace siempre. Separar y alejarse. 

De vez en cuando intercambiaban mails, con la misma pasión clausurada en palabras de todo lo que pudo ser. 

Maria conoció a Memo, un hombre mayor, le llevaba cerca de 15 años, y la admiraba y amaba con el alma. Ella también se enamoró, y se entrego a él como lo hace la esposa más devota. Se casaron, y comenzaron una vida juntos, ella tenía claro que no quería tener hijos, y el ya tenía una que de vez en cuando pasaba tiempo con ellos. Maria revisaba su Facebook y daba likes y emociones a las publicaciones de Aimer, siempre tan libre, siempre presumiendo amores, siempre tan pasional. 

Un día le escribió, con se nervio decidido de aquel amor, le invito un café, ella aceptó. 

Al verse las emociones comenzaron a salir, Maria corrió y la abrazo con todas sus fuerzas, la miraba tan linda, tal como la recordaba, y quiso besarla. Se reprimió un poco por tener esos pensamientos que no eran en ella habituales, era casada, sin embargo, era ella. Ella ahí, después de tantos años, ella después de tantas prohibiciones, tan libre, tan ella. 

Fueron al cine y platicaron largo rato, le contó de su boda, de como nadie de su familia fue. 

  • El día que me casé, pensé en ti, por que creo que si te hubiera invitado tú si hubieses estado ahí.

Aimer sonrió, la tomó de la mano y le dijo que sí mientras se acercaba y le besaba la mejilla. 

Una sensación nueva, extraña recorrió el cuerpo de Maria, un erotismo renovado, casi nuevo, renaciendo de una vieja pasión que no llegó a su fin, que nunca se consumó. Después se echaron en el pasto, Aimer, acariciaba de vez en cuando su mano, Maria sentía como el deseo se le despertaba, unas sosegada pasión le recorría la piel. Entonces, no se contuvo más y se le lanzó a los labios en un beso suave, casi tierno, inocente, pero feroz. 

Mordió sus labios suavemente, se aferró a ellos sintiendo después de tantos años por fin el sabor de su saliva. Aimer la besó con la ternura que sabía que esperaba, con la caricia experta de las muchas amantes que después y antes de ella habían existido. Y se dejó caer en el plácido sueño que Maria había creado para ella desde hace tantos años. 

Al separarse, Aimer se fue a casa, mensajeó a su novia, charló con ella un rato, le contó de su reencuentro con una “vieja amiga” le contó casi todo menos el beso. Maria tenía un camino más largo a casa, en todo el transporte miraba por la ventana distraída, llego sin saber exactamente como a casa. 

Recibió una llamada de su esposo Memo, quién había salido de viaje. Ellas no volvieron a frecuentase en esos días. 

Cuando Memo regresó encontró a su mujer muy sensual, muy abnegada como siempre, muy feliz. Se sintió loco enamorado y corrió a besarla, la abrazó, ella lo recibió con los brazos abiertos y lo condujo a la habitación, el feliz y deseoso comenzó a quitarle la ropa y hacerle el amor, ella cerraba los ojos, nunca los abrió, grito de placer y quedó tendida a un lado de él. El la noto pasional, llena de furia, pero un poco distante.

Pasaron los días, el decidió sorprenderla con un viaje al bosque, una pequeña cabaña llena de romanticismo, él cocinaría, le prepararía la cena, la consentiría. A ella la noticia la tomó por sorpresa pero aceptó gustosa. Antes de irse, quiso ver a Aimer, aquel breve encuentro la había dejado intranquila, quería verla abrazarla, quería abrazarla tan fuerte que su propia piel se volviera la de ella. Aimer la invitó a su casa. Preparó vino, queso, y unas cuantas uvas. Maria iba en el camino llena de ansias, de nervios, de acelerar y al mismo tiempo detener el transcurso de los minutos, cuando llego, el nervio y la aceleración se multiplicaron, se abalanzó aún en contra de todo lo que pensaba, creía, sentía, aún en contra de todo lo que los demás decían que era o no correcto. 

La besó, comenzó con desesperación a quitarle la ropa y Aimer solo sonrió, la calmó, le sirvió un poco de vino y notó como se sonrojaba, aquel acto de seriedad e inocencia le encantaban, le fascinaba saber que producía mil emociones en ella. La invito a comer un poco, y se sentaron en el sofá. Tenía música puesta pero la quitó, encendió el televisor, y dio play a una película que ambas conocían perfectamente. Una película que era el inicio de su romance de juventud, ambas se decían como los personajes principales, ambas detonaron las caricias emocionales con ese film, y cada que lo miraban cada una lejos de la otra se pensaban, se deseaban, se extrañaban. Ahora ambas estaban en la misma habitación mirando aquel film, Maria lloró de emoción, se sintió especial, se sintió llena de emoción al saber que ella aún recordaba eso. Aimer sonrió, y entonces se acercó lentamente a ella para besarla tiernamente, para darle ese beso adolescente que siempre quiso, con esa ternura y pasión que guardaba por años solo para ella, y aunque ahora sus manos eran expertas, quiso sentir como si fuera su primera vez con ella. 

Ambas comenzaron a besarse y descubrirse una en brazos de la otra, su piel, su sudor, el nervio y el miedo. Los besos intensos a cada segundo apoderándose de ellas el deseo recluso por tantos años, sus manos, sus piernas, la ropa en el suelo mientras se atendían con el placer que ambas se sabían, sus lenguas, sus sabores, su entrepierna frenética encontrando ritmos perfectos, sus pechos maduros, sus vientres golpeandose, sus gemidos encontrándose unos a otros despavoridos de placer, de locura, del frenético caos del momento, mientras el fondo la película transcurría como aquel año en que la vieron por primera vez, y un beso en la pantalla generaba una emoción extraña difícil de entender. 

Saciadas una en brazos de la otra Maria miró el reloj, se asustó un poco, mensajeó a su esposo y se vistió presurosa. Aimer ya se conocía ese final, encendió un cigarro y la miro vestirse, la ayudó, tomó un poco de vino y se puso una bata para cubrirse. 

Maria se fue a mitad de la noche, Memo esperaba despierto, ¿te divertiste? preguntó cuando llegó. ¿ya viste la hora? estaba muy preocupado. Maria se sonrojó, bajó la mirada y pidió disculpas, él no quería regañarla, así que la abrazo con ternura, y quiso ser comprensivo. 

– Amor perdonarme, no quise ser grosero, entiendo que paso mucho tiempo fuera, que necesitas tener amigas, pasar tiempo con gente de tu edad, lo siento sí-

Ella quiso gritar, hubiera preferido que él se molestara, que gritara, que pelearan, pero siempre era tan comprensivo que la culpa la hacía sentir miserable.

Ella durmió con el alma enaltecida, por primera vez en su vida se sentía dichosa, sin embargo dormía a lado de la persona equivocada. 

Al día siguiente muy temprano salieron en el auto, aún hacía frío, Memo iba radiante, poco conversador como siempre, con la certeza de que aquel viaje alegraría a su Maria, la haría feliz, y volverían a lo de siempre. 

El bosque le hizo bien a Maria, tomó chocolate caliente, se envolvió en un suéter de lana largo y salió a caminar, al fondo había un lago, se sentó debajo del gran árbol viejo que la conocía perfecto, esa cabaña era el lugar de sus aniversarios, le pareció que también le era infiel al espacio, pero sintió que lo llenaba ahora con algo más grande. 

Memo la miraba parado en la puerta, ella había estado distinta, distante y sin embargo tenía un algo que la hacía cada día más bella. Entonces la miró observando una flor que caía a su lado, ella la tocaba con delicadeza con sus dedos, y entonces como un golpe certero a matar lo entendió. Ella estaba enamorada. 

La asimilación de aquella noticia lo paralizó, lo cubrió de un frío intenso que le recorría el cuerpo. jamás imaginó que aquella mujer que lo llenaba de dicha podría enamorarse de alguien más. ¿quién? ¿cómo? ¿cómo evitarlo? ¿cómo evitar ser el monstruo en separar ese amor solo  por egoísmo? ¿de qué valdría tenerla a su lado si ella no es plenamente feliz?

En la cena, el quiso saber ¿cómo era el? pero ella solo habló de “su amiga” de la que se reencontró hace días, la emoción de sus ojos, el brillo de su mirada, la nostalgia, todo eso le dio su respuesta, su contrincante era una mujer. Le pareció hermoso, le pareció mágico, y en el fondo también una llama de odio le quemaba la razón. 

Entonces él le dijo.

– Amor mío, en la vida uno solo tiene pocas oportunidades de ser verdaderamente feliz, yo cuando te conocí supe que te amaría la vida entera, aun a pesar de lo que la gente dijera, nunca me importo tu edad, tu juventud me hizo volver a sentir que vivía y estoy profundamente agradecido por ello. Pero ahora mi vida es hora de seguir, lo sé, te conozco, he vivido más que tú y sé que estas oportunidades no hay que dejarlas pasar. Por eso te dejo libre, me iré unos meses ha hacer ese viaje que siempre quise y eso te dará la libertad de vivir tu romance con ella. Me encanta verte sonreír así, pero sé que yo no soy la causa, así que sin dramas y con todo el amor del mundo. Sé feliz.

María quedó absorta, quedó pensativa, llena de mil pensamientos, de dudas, de todo. ¿Pero era posible qué? ¿por qué demonios era tan bueno? ella no merecía a alguien tan bueno, sin embargo su corazón había gritado lo que quería, la había esperado años y ahora volvía, volvía con una intensidad que no comprendía. 

Maria, lo abrazó, lloró a su lado y le hablo con toda la verdad del mundo, le contó todo, desde su adolescencia, pues antes de su esposo el era su mejor amigo, el también lloró, y la apoyó. – Es ahora, así tenía que ser, tienes que luchar, tienes que hacerlo, y si al final no funciona, yo siempre estaré aquí para ti. – 

Regresaron a la ciudad, felices, nostálgicos, pero amigos al final, él la acercó a su destino, sin su ayuda ella no hubiera sido valiente. Ella camino las siguientes calles, llegó sin avisar, Aimer, no estaba en casa, estaba en una fiesta con su novia, sin embargo su cabeza estaba en otro lado, sentía una emoción extraña que hace años no pasaba por su cuerpo, estaba enamorada de Maria, no fue difícil deducirlo, pero Maria era casada, no podía suceder en este ni en ningún otro panorama. Miro a su novia, la besó brevemente en los labios y le dijo que iría a caminar y luego a casa, que necesitaba estar sola. Su novia la conocía y sabía de sus episodios melancólicos y de soledad, así que no le alteró nada y dijo que estaba bien, la dejó ir. 

Cuando Aimer llegó a casa vio a Maria sentada en el pasillo, el corazón se aceleró y sonrió estúpidamente como cuando adolescentes. Maria entró con ella en el departamento, y supo que sería su nuevo hogar, mientras Aimer, entendía que de ahora en adelante, ya no iba a esperar más. 

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El Voyeur

Miraba por la ventana esperando su llegada.

El frío aire de la noche lluviosa refrescaba sus deseos de admirarla. De tocarse y venirse en ese momento en que ella aparecía, con esos escotes, esos pantalones entallados, que solo le despertaban el deseo de frotarse en ella. Pero no llegaba.

Sacó la botella de bacardi y se la empinó, parado mirando hacia abajo, alguien lo observaba. Una chica diferente estaba sentada esperando la llegada del bus cuando se percató de él, lo miraba fijamente. Sentía como su mirada podía acariciarlo, se sintió infedenso, sintió como le acariciaba la barba, el cabello peinado en una cola de caballo mal hecha, los pomulos huesudos, su delgada figura, sintió como su mirada se le metía debajo de la camisa negra, y le acariciaba los pectorales, y sus delicadas manos bajaban por su abdomen hasta…

Entonces se apartó de la ventana, camino hacia la cocina, tratando de liberarse de la profunda mirada de la joven, fue al baño, abrío la llave y dejó correr el agua por sus manos, se la aventó a la cara, sintió el golpe frío sobre sus mejillas, frente, nariz, deslizandose por sus labios, por su barba y aun así sintió que era ella quien lo tomaba.

Regresó por la botella de bacardí y esta vez le dio un trago largo, tanto que se le chorreo fuera de la boca.

Regresó a la ventana y ella seguía mirando fijamente hacia arriba, entonces comenzó a sentir que el deseo le devoraba, al mismo tiempo que se sentía intimidado, regresó para apagar la luz, quizá así ella dejaría de mirarlo, pero no fue así.

Se puso al borde de la ventana para que no lo viera y ella seguía con la mirada fija, penetrante, su mirada era como un monstruo que inundaba la habitación, un demonio que penetraba en la oscuridad y se fundía con ella rodeándolo, tocándolo, invadiendo cada centímetro de su piel, de su aliento, de sus huesos.

Ella impasible mientras esperaba el bus, lo miraba, y él sentía que ya no estaba ahí, abajo, que había entrado al edificio, con gran velocidad había subido las escaleras, entrado con fuerza a su departamento, mientras se acercaba violenta y decidida hasta la ventana donde él se encontraba, entonces tomó más de la botella, se percató de que ya no había más que tomar, y sí, ya estaba lo suficientemente ebrio como para olvidar si era un sueño o realidad.

Entonces ella ya era real, ya lo tenía debajo de ella cumpliendo con sus deseos, tomándolo por la fuerza de sus mareas, y él sin poder hacer nada se percataba que ya no era dueño de su cuerpo, que no le respondía, que su voz se había esfumado entre lo que era un grito ahogado y un silencio voraz, y sintió como la penetraba y sus caderas se encendían con lo que él no podía controlar, no sentía placer, solo sentía la impotencia de que su cuerpo no reaccionará como él deseaba, y entonces lo comprendió. Y quisó no volver a mirar a la joven que esperaba cada noche para tocarse imaginándola.

Al llegar la mañana, despertó en el suelo de la sala, tenía la garganta cerrada ya que la ventana se había quedado abierta, la botella vacía yacía en el suelo, por alguna extraña razón tenía la camisa negra desgarada, sobre el pecho tenía rasguños que no podían ser de él, el pantalon lo llevaba desabrochado y ensangrentado, no sabia si la sangre había sido de él.

Le dolía el cuerpo, la piel y algo que nunca pensó. La dignidad.

 

AIRY MINOR

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[Cuento] Azul

La miraba desde hace semanas, le gustaban sus piernas, sus nalgas, su cabello largo, incluso su abultado abdomen, le gustaba su simpatía, su energía, la forma atrevida y fuerte de sus palabras, su autoridad. La miraba cada que se paseaba por la oficina, y la miraba lejana, casi imposible.

Acercarse era difícil, en medio de tantos conocidos, compartían un amigo en común, sin embargo él estaba enganchado con ella. Cuando la veía a su lado, ella ahogaba un suspiro, parecían celos, él pensaba que eran por él, Aimer también pensaba que eran por él, solo Azul sabía realmente que ese nervio oculto era por temor a que en su sonrisa se le notará una sola gota de deseo por ella.

Azul era justo eso, una niña muy azul, rebelde, agresiva, cortante, como si estuviera molesta con la vida. Sin embargo cada que sonreía iluminaba calles enteras, su sonrisa era el reflejo perfecto de la ternura combinada con la pasión.

Cada tarde se despedían de ella, un día comenzó a provocarla, comenzó a decir cosas en doble sentido para ver sus reacciones, ella al principio se sorprendía, después lo inevitable, siguió su juego. Un juego solo de dos, íntimo, solo se provocaban en el silencio de las miradas y frente a la gente, nada.

Un día se quedaron hasta muy tarde en la oficina. Un par de cervezas le dieron ha Azul el valor para acercarse, para decirle ¿nos alcanzas en el bar? Aimer tenía un compromiso ya, sin embargo la propuesta le sonó agradable, se dirigían a su bar preferido, así que no dudo en responder que sí llegaría.

Solo un acto de presencia, un trago y ya. Pensó.

Al llegar al bar, ya llevaban un par de tragos de más, Azul se miraba radiante, feliz, libre, como pocas veces la vería. Comenzaron las indirectas, las risas, poco a poco sin pensarlo ya existían pequeños roces al tomar los tragos, roces sobre la mesa, roces casi imperceptibles debajo de la mesa. Entonces Azul se acercó, y sin pensarlo ni un minuto más la besó.

Dentro de Aimer algo se encendió, una llama que parecía debilitada de repente ardió, reaccionó a ese beso como un león enjaulado que se ha dado cuenta de que no lo han alimentado y está furioso, desesperado, ansioso, hambriento.

Fue un beso tan breve y casi desapercibido que no la contentó, así que después de un par de tragos más, un par de risas, y provocativos comentarios, aunados a una charla que cada vez se volvía más intima Aimer la tomó por el cuello, y se acercó decidida hacia sus labios, la besó lentamente, apasionadamente, fue una entrega, una pertenencia silenciosa, un olvido del mundo entero alrededor, fue un beso de re-descubrimiento al placer, suave, cálido, pasional, uno de esos besos que te van llenando cada poro, que te van marcando cada espacio, que te hacen redefinir la existencia efímera antes de ese encuentro, fue uno de esos besos largos, de los que uno nunca regresa por completo.

Al separarse, ambas se sorprendieron de lo cuan lejos llegaron en un simple momento, ambas se sabían perdidas, y al mismo tiempo encontraron un escape a sus pensamientos. La respiración se les cortaba, el corazón acelerado dictaminaba una sentencia que pronto tenía que cumplirse. Sin embargo no podía ser, había un tercero, alguien que no podía enterarse ni comprender esa llama que tenía que ser aniquilada inmediatamente. Pero no fue así, no se podía quedar así.

La mirada de Azul lo dijo todo, ella la siguió, subieron al taxi sin decir nada que no fuera con besos, sus manos se perdían como si dudaran por un momento de la secuencia, sin embargo terminaban encontrando el camino, terminaban perdiéndose en el delirio del deseo que se despertaba, del deseo que nace cuando tienes un cuerpo ajeno a ti, nuevo, y prohibido.

Llegaron a la casa de Aimer, entraron, ambas miraban la cama, se miraron dudando, temerosas de lo que se aproximaba, sin embargo Azul ya no podía contenerse, espero meses, y aquella lejana presencia ahora se le presentaba a solas, en una habitación donde ninguna mirada las tocaba, ahora podía ser y hacer lo que quisiese, se sentía libre.

Aimer dejó que la desnudara, que posará sus besos desesperados sobre su cuello, sus manos descubriendo su piel, dejó que la tomará, que la poseyera, que hiciera con su cuerpo lo que quisiese, y la desnudó al ritmo que ella marcaba, beso esos senos pequeños, y la miró y admiró desnuda y huesuda como si nunca hubiese visto semejante paisaje.

El vello abundante de su entrepierna hizo que quisiera descender precipitadamente hacia él, ambas se besaban, era una ternura entremezclada con excéntrica pasión que se podía beber. El sabor de sus sexo húmedo era cítrico, Azul perdía el control de sí misma, se retorcía, gritaba, se olvidaba del silencio, de la apariencia. Hundía sus manos en el cabello de Aimer para marcar el ritmo que prefería, y ella saboreaba con toda su lengua los sabores que le regalaban. Azul también quería probarla, se acomodaron en modo que cada una podía beber de la otra, entre gemidos, lenguas, saliva, placeres se ahogaban en gritos que no paraban de enloquecerlas, manantiales excéntricos se diluían en ese momento.

Al llegar al climax, se recostaron una junto a la otra, no podían dejar de acariciarse, Azul no podía quedarse quieta, fue como si le contarán con un reloj de arena que el tiempo era limitado, que no habría otra oportunidad, así que hundió sus uñas en la espalda de Aimer y encendió otro fuego que no sabía que existía. De la ternura a la guerra entre las sábanas, mordidas suaves, recias, se hundían en la piel de cada una, en el cuello dientes ensalivados, en el hombro, en la espalda, marcados por el camino de besos que se imprimian en la piel de sus nalgas, de sus piernas, de sus párpados desvelados, cuerpos ebrios, llenos de energía y cansancio.

Hasta que el cansancio las arrinconó una en brazos de la otra, cuando Aimer despertó, Azul ya no se encontraba, solo había un espacio vació en la cama, húmedo, y el aroma de la presencia de aquella mujer arrebatadora. Y sobre la mesa, una nota.

” Perdóname por no aceptar que tu eres lo que yo quiero”.

Aimer sonrió, no había puntos suspensivos, ni nada más. Solo el recuerdo de esa noche, que en el interior de ambas, siempre arderá.

 

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Atrevimiento

Le robé fuerza a mis miedos y me atreví a besarla ¡qué importaba si me aventaba, golpeaba, maldecía o escupía! ¿Qué importaba si jamás me volvía a hablar?
… Haber probado sus labios todo lo valía…
Así que con la fuerza del miedo que mantiene un amor oculto, así la besé,
me arrojé con impulso golpeando suavemente sus labios mientras ella terminaba de decir no sé que cosa.
Pero no, no me aventó, golpeó, gritó o escupió. Primero abrió los ojos sorprendentemente y luego se relajó, se dejó ir en el vaivén de la suave intensidad con que la besaba.
Fue entonces cuando comencé a sentir como mi ser se elevaba y nos miramos juntas, abrazadas, besándonos, como si el mundo se nos fuera en ese beso. Y seguí elevándome; y vi la calle, los colores de la tarde, sentí el aire, vi la ciudad, hasta llegar a las nubes blancas y comencé a brincar como un ángel sobre ellas.
Entonces, ella me mordió…
Y fui cayendo rápidamente del paraíso donde me encontraba, para descender bajo la tierra húmeda; y hundirme en el calor mismo del infierno, allí, mientras ella me besaba yo ardía en miles de fuegos.
Cuando abrí los ojos y la vi sonriendo. Lo entendí. Aquella mujer despertaba en mi el cielo y el infierno, ambas partes al mismo tiempo y en un equilibrio perfecto.

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[Cuento] Una mala noche

-¿Te pido un uber?

– Prefiero quedarme, ¿puedo?

Ella frunció la boca, mientras estiraba su brazo para abrazarla por la cintura, le dijo:

– Claro que puedes (casi se lo creyó, le dio un beso tierno en la mejilla)

Fue una noche larga, el sudor y el aroma de su piel la hacían sentir incomoda, tenía ganas de darse una ducha, de limpiar todo rastro de ella de su piel, de meterse entre las sábanas y dormir sola, como a ella le gustaba, sin tener que compartir su única almohada, poner alguna de sus series favoritas, hasta que el sueño se apiadará de ella.  Pero no, ella estaba a su lado, y sentía el calor, el aroma de su piel y el sudor que hacía unos momentos parecía tan fresco, y llenaba la colcha de sus aguas, y eso la molestaba tanto. Y tuvo que compartirle su almohada, y no quiso meterse entre las sábanas, intentó dormir de espaldas a ella, a esa presencia que estaba ahí como un bulto, aquella presencia que de repente se extendía para acariciar como si acaso se pertenecieran, y de repente daba saltitos abruptos reacciones de su cuerpo, y hacía ruidos con la boca, y ella la miraba un tanto asqueada, y quería alejarse de esos labios, de ese aliento.

Sí, fue una noche larga, una noche de esas que esperas con ansias que terminen pronto. Ella se paró, se sentó a un lado de la cama y comenzó a ver su celular, entro a ver sus redes sociales, miró algunas fotografías, moría de sueño, pero no podía dormir a lado de aquella mujer. Aquella que se miraba tan plácida y cómoda en una cama que no le pertenecía, ¿cómo no se daba cuenta de lo que invadía? Pero a veces ese es el precio por el sexo.

Miró el reloj, eran las 5 am, considero que era una hora decente para ya poder hacer ruido, se metió a la ducha, tardó un poco, sintió como el agua se llevaba todo rastro de caricia ajena, llenó de vapor el baño, se envolvió en una gran toalla suave y pensó, ojalá no quiera usar mi ducha, ojalá que se vaya ya.

Comenzó a vestirse y miró que ella no se despertaba, terminó de arreglarse, y entonces comenzó a cocinar algo, pensó que era de buena educación prepararle el desayuno, huevos, café, pan tostado con un poco de mantequilla. Su hambre era lo único que no había arruinado aquella presencia.

Ella se levantó, se vistió, y fue a darle un beso que ella rechazó amablemente mientras pensaba: No se baño, ni siquiera preguntó si podía hacerlo, qué asco.

– ¿Quieres desayunar?

– No gracias, ¿ya te tienes que ir? es muy temprano

– Sí bueno, tengo que llegar temprano a la oficina.

Puso su desayuno para llevar, ya desayunaría en la oficina, sola, tranquila y lejos de ella. Pusó ración doble ya que ella no quiso desayunar.

– ¿Me llamarás? Dormí súper, y me la pase muy bien, gracias por dejar quedarme.

– Claro, por qué no. Después nos vemos.

Tomó sus cosas y la acompañó hasta la puerta, al salir a la calle sintió a la brevedad el frío de la mañana, eran las 6:30 regularmente todos los días se despertaba a esa hora, pero hoy lo único que quería era desprenderse de ella.

– ¿para donde vas?

– Para allá, señalo el lado contrario de donde sabía iba ella.

Ella le dio un beso rápido en los labios. La miró partir con un sentimiento de libertad. Se marchó. Y es claro, evidentemente nunca la llamó.

 

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[Cuento]Un día.

Se fue, decidida, temerosa tomó sus cosas y se largó. Decidió cerrar aquella puerta, pero sin llave, no vaya a ser, que algún día…

Cambió sus hábitos, conoció gente, salió, se divirtió, bailó hasta cansarse, intentó enamorarse. Escribió, hizo todo lo que creyó necesario para salvar su corazón, para sanarlo, para recuperarlo, para poder encontrar “el amor”.

No la buscó, no la llamó, no la siguió. Se apartó de todo contacto posible, y cada que el ansia y la desesperación la abrazaban, cada que se volvía loca por saber de ella, por escribirle, por escuchar su voz, se detenía en seco. Tomaba el móvil y se decía. Cualquier cosa que encuentres al buscarla no va a gustarte, cualquier cosa que te diga va a herirte, va a lastimarte, no te hagas esto, nos ha costado mucho ir saliendo”. 

Entonces hacía cualquier otra cosa, tomaba café, iba al cine, caminaba largas horas, a veces sin o buscándolo se dejaba en alguna piel, siempre vacía, siempre queriendo dormir sola, sin esa nueva compañía, lo intentó todo.

Hizo nuevas rutinas, nuevas amigas, nuevos vicios, nuevos tormentos, nunca ni un segundo dejó de adorarla. Todos los días pensaba en ella, a veces poco, a veces mucho. Y se preguntaba ¿por qué, con quién? Y se respondía Ella está bien, no me necesita, lo sé. 

Nunca sé preguntó ¿qué hubiera pasado si se aferraba a ella? no quería saber las respuestas, ese camino le hubiera lastimado más que este. No volvió a mirar sus fotos, no tenía como encontrarla, ni como leerla, ni como saberla. Sabía que si se lo proponía podía hallarla, pero ¿para qué?. Solo abrazaba el recuerdo de aquellas tardes, de aquellos besos, miradas, pláticas, de aquellos pequeños momentos que significaban todo. Solo se quedó con ese último beso y ese último abrazo. No tenía nada más que sus recuerdos.

Una mañana mientras caminaba y admiraba el fresco, la vio de lejos. Idéntica, maléfica, extraordinaria, siempre con esa belleza sublime aún cuando andaba en fachas.

Y entonces su corazón volvió a latir, con la fuerza impetuosa de un torrente de emociones, con el cúmulo de rayos y extravagancias almacenadas con los años. Y la respiración se le cortó, sus pupilas se abrieron, y miró todo alrededor de manera tan distinta, tan nueva, fue como si despertará de un sueño. Y tragó saliva, respiro profundo, dio media vuelta y siguió su camino. ¿Quién podía ser ella para entrometerse en su destino?, prefirió seguir lejos de su vida antes que interferir en su felicidad.

Y siguió viviendo así, lejos de ese amor, ese, que nunca olvidó.

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¿Me extrañas?

– ¿Me extrañas?- Me preguntó, y su profunda mirada se volvía insegura, sus labios temblaban, había un nudo en su garganta.

La miré, tomé su mano, acaricié su tatuaje, sus anillos, sonreí y le respondí.

Ella suspiro apretando los labios y desviando la mirada como siempre hacía cuando no quería demostrar sus sentimientos, el momento en que su fiera a la deriva quería salir, sin embargo lo reprimió. Ambas habíamos cambiado.

– Yo te pienso, y te extraño- miró mi mano acariciándola, cerró los ojos, se fue muy lejos de mí en esos dos segundos, su pensamiento volaba y yo ya no sabía descifrarla.

– No deberíamos de estar hablando de esto, no deberíamos ni vernos- le dije, aferrando las palabras a mi garganta, deshaciendo nudos dentro de mí, ella sonriente cambio de semblante, burlona como siempre preguntó con inquietud -¿Por qué? ¿te pongo de nervios?

Seguimos hablando largo, tendido, como dos viejas amigas que se reencuentran en algún café, con bromas íntimas, con caricias tiernas que denotaban amor, con un hilo extraño que nunca desapareció. A pesar de los años.

Me contó de su vida, de sus locuras, de cómo me olvidó. Le conté de mis días, de cuanto me dolió.

Al terminar, miró el reloj, se apresuró, como siempre. Pagué la cuenta, llovía afuera, encendí un cigarro y se lo di, hacia frío, saqué la sombrilla, la miré partir.

 

AIRY MINOR

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