Recuperando amantes. 

–¿De qué hablas?. Le pregunté. Me miró de reojo y entendí porque la quería tanto.

–Vine a saludar.

–Muy bien señorita, me acompañas a casa o prefieres solo saludar?.

Le sonreí porque sabía cómo provocarme, deleitar mi imaginación sin ser vulgar.

Caminamos hacia su casa. Llevaba un par de meses viviendo en esa parte de la ciudad y aún no conocía su departamento. No le reclamé que no me haya invitado antes. Los reclamos no formaban parte de lo nuestro.

– ¿Cómo vas?

Alcé y baje los hombros mientras hacía una expresión como –meeeh– ella sonrió.

– Todo marcha bien, solo necesito un poco de espacio.

Llegamos al edificio y entramos al elevador. Pude mirar sus hombros desnudos y blancos que tanto me fascinaban. Y su cabello corto y negro con tintes de colores que ahora proyectaba.

Después rompió el silencio diciendo.

– Conocí a una chica.

–¿En serio?. Sonreí mientras esperaba que me contase más. Me encantaba escuchar sus historias de amores perdidos, aunque era la primera vez que me hablaba de otra mujer. Sentí un pequeño escozor que quizá fue una punzada de celos.

Ella lo notó. Abrió la puerta de su departamento y vi que tenía un hermoso balcón. Era de noche y el frío calaba un poco pero nada intolerable. Entonces ella se acercó a mí y me ofreció un cigarro. Lo encendí y encendí el de ella. Nos sentamos en una banca que nos permitía ver las luces de la ciudad y un espacio amplio. Mientras observaba la delicadeza del humo salir por su boca en la noche fría y con la tenue luz del departamento que había encendido, ella comenzó a decirme.

–La conocí en una fiesta, es guapa, creo que me ama–. Le ponía atención pero no pude evitar comenzar a besar sus brazos y hombros. Ella siguió hablando, –una noche salimos con unos amigos y en medio de la fiesta me besó–, entonces yo comencé a subir por su cuello mientras la alentaba a que siguiera contándome.

–Me besó y la pasamos bien esa noche, jugueteaba con sus manos sobre mi espalda–. Entonces yo comencé a acariciar su espalda debajo de su blusa, ella sonrió.

–¿Así? Le pregunté.

Ella dejó que la tocara y entonces siguió hablando, luego me dejó besarla suavemente, entonces abrió los botones de mi blusa y comenzó a besar mi abdomen, mis pechos, la suavidad de sus manos se perdían en mi. Entonces volvió a hablar. –Entonces me quitó la blusa y ella se desnudó, aunque su cuerpo no era tan perfecto como el tuyo–.

Yo sonreí, mientras dejaba que me abriera el brassiere sin quitarme la blusa. Ninguna pensó en qué estábamos fuera. Me paré y ella desabrocho mi pantalón y beso mis oblicuos con devoción, bajó los pantalones y tanga, e hizo que subiera una de mis piernas en la banca mientras me llenaba de besos y hundía su lengua en mi vagina. Sus manos se aferraban a mi cintura y a mis nalgas, y yo no podía contener los gritos ahogados de placer que me provocaba.

Yo la miré y le dije: – ¿esto también se lo hiciste? Voy a ponerme celosa.

Ella me miró perversa y sonrío. – ¿Celosa tú?– sonrío y puso mayor énfasis en los movimientos suaves de su boca que me llevaron al orgasmo inmediatamente.

Después entró al departamento. Se desvistió mientras dejaba el rastro de su ropa hacia la habitación y yo la seguía haciendo lo mismo.

Se recostó despacio sin quitarme la mirada de encima y me abrió las piernas mostrándome su sexo húmedo esperándome.

Quería sentir su humedad y besarla así que me recosté sobre ella mientras mis dedos entraban en su sexo y nuestras bocas se entrelazaban, nuestra pasión no se terminaba. –Ella también te hizo esto– le dije mientras mis dedos encontraban el fondo de su vagina presionando y dando círculos.

Llegó al orgasmo, llegué poco después con ella, cambios de posición y besos arrojados en toda la piel se deslizaban en la cama. Las sábanas estaban húmedas, nuestros cuerpos sudorosos y extasiados.

Caímos rendidas una en brazos de la otra.

Desperté ya entrada la madrugada. La vi dormida envuelta en las sabanas. La besé suavemente en la espalda. Después de años seguía encendiendo mi pasión, era la única amante que aún conservaba. Me paré y fui al balcón. Encendí un cigarro y escuche que se había levantado.

– Creí que te habías marchado.

– ¿Cuándo te haría yo algo así? Quiero conocerla, le dije.

Sonrío y dijo – No, aún no se merece conocerte– sonreí y supe que esa aventura no duraría. Podía ser mi amante pero había ciertas cosas que nunca cambiarían.

Seguí fumando y ella llegó a abrazarme por la espalda, –te extrañe– dijo casi en un susurro, y sentí como sus manos bajaban lentamente solo para reanudar nuestra pasión renovada. Fue como si quisiera desquitar todos los meses que le había hecho falta.

 

AIRY MINOR

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Territorial

Era una noche fresca, quiso endiabladamente darle una bocanada a un tabaco pero no tenía, el silencio del departamento la consumía, la oscuridad tenue que solo dejaba penetrar la luz de la ventana, a lo lejos solo escuchaba grillos y uno que otro auto despistado pasar sobre la avenida. Se acercó a su ventana y las vio.

Estaba en el cuarto piso, el edificio de enfrente era más bajo, y la ventana amplia estaba semi abierta, con la luz apagada y las cortinas corridas, se habían bajado de un carro que las dejó justo frente a la puerta, se veían ebrias, felices, ardientes.

Se detuvo por curiosidad, se sentó sin abrir la ventana que daba a su balcón, no quería que la vieran, aunque estaban tan concentradas en ellas mismas que tal vez aunque saliera a fumar a mitad de la madrugada no se hubiesen dado cuenta.

Las miró entrar a la habitación semi oscura, la luz de la calle y la luna dejaban ver perfecto toda la escena, se arrojaron una a la otra sobre la cama aún con la ropa puesta, besándose desenfrenádamente y perdiendo sus manos en el cuerpo de la otra, comenzaron a desnudarse con paso apresurado, era como si el tiempo se les escurriera entre los labios ensalivados. Ella no podía dejar de mirarlas, tan bellas, tan perfectas, tan jóvenes apasionadas, aunque no podía verles los rostros, eran dos siluetas danzando y dejando que la poca luz delineará sus pasos. Las dos eran jóvenes, una más esbelta que la otra, en especial se fijó en sus nalgas, parecían duras además de redondas, sintió un ardor y humedad en su cuerpo.

Las miró devorándose una a la otra, sin dejar un rastro de piel, besándose y lamiendo sus pechos firmes, mientras su cabello se enredaba y sus manos se perdían como si fueran serpientes decididas. Sintió como si estuviera a lado de ellas, sudando, exhalando rápidamente y notó como se le entrecortaba la respiración, comenzaba a enterrarse las uñas en el brazo.

Ellas jadeaban con el ritmo de dos amantes casuales que se van descubriendo sin tapujos, mostrándose tal cual son sin temor al rídiculo, a volver a verse después. Sus lenguas decididas se saboreaban y se hundían entre las piernas de la otra, una figura perfecta, como si fueran hechas de la misma pieza. Los gritos de ambas comenzaron al unísono, en la noche tan silenciosa parecía que ellas fueran las únicas habitantes de la tierra, ella no podía apartar la vista, ahora también escuchaba como el placer las invadía y no podían evitarlo, pronto llegarían al orgasmo, y al parecer, aún sin pensarlo ella las acompañaría en ese viaje.

Soltó un pequeño gemido y supo que lo habían logrado, se sintió relajada y en breve un lastimero sentimiento de soledad albergó toda la habitación, las vio caer una en brazos de la otra dándose un beso lleno de complicidad, suave, como si la casualidad de las amantes las hubiera unido más allá de un simple encuentro sexual. Al menos, ellas dormirían juntas.

Sin poderlo evitar siguió admirandolas, ahora en la tranquilidad de la noche, cómo si aquel torrente de emociones y deseos salvajes no hubiera sucedido hace tan solo unos minutos. Anhelo con más fuerza poder tener un tabaco a la mano, abrazó sus rodillas y se recargó en ellas mientras seguía mirando.

Entonces una de ellas se paró de la cama, se pusó la blusa por encima y tomó algo de la mesita que tenía a un costado, y se acercó a la ventana semi abierta, la abrió un poco más, y respiro profundamente. Miró hacía la cama y luego volteó hacia la ventana, su cara denotaba más soledad que aquella que las espiaba.

Se llevó el cigarrillo a los labios y lo encendió, dio una gran bocanada y alzó la cabeza para poder soltar el humo en el frío aire de la noche, entonces reconocío donde estaba. Miró al edificio de enfrente y trago saliva. Todo el alcohol que había en su sangre desaparecía, advirtió que la ventana estaba cerrada pero las cortinas abiertas, vió solo una sombra que hizo que se helará el corazón, pero no se inmuto.

Ella desde arriba, sintió un vuelco al corazón, la sombra de la noche no permitía identificarla pero su silueta la delató, entonces tomó su celular y con todo el miedo del mundo, furia y curiosidad texteó.

-¿Dónde estás?- Esperando que aquella mujer de en frente no tomará su celular, y al mismo tiempo una parte de ella lo deseaba con ansias.

Al frente, escuchó vibrar el móvil, no volteó, dio otra larga fumada y espero, sabía que era ella, miró el celular, y apagó el tabaco en el filo de la ventana, la cerró, cerró la cortina y se acercó para responder. – En casa, dormida, ¿todo bien? – Mintió.

Al recibir el mensaje sintió un gran alivió, ella sabía que mentía, pero no discutió, al final ya no eran nada, sin embargo supo que a pesar de todo le seguía perteneciendo, y supo que aún le importaba lo suficiente como para intentar cubrir sus huellas, aunque ella supiera bien como reconocerla. Aunque eso no le quito la idea, de querer ser ella quien durmiera aquella noche, en el edificio de en frente.

 

 

AIRY MINOR

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Amigo

¿Cuántos versos acobardados seguiremos guardando?
Poeta nocturno, melancólico
prisionero de sus piernas.

Estamos derrotados,
somos amantes, buscando,
leyendo, encontrándonos en otras letras.
Y en todas, ella.
Amigo mío, con que facilidad caemos presas
de sus mares, de sus desprecios, de sus
ojos llenos de fuego indiferente.

Somos fieles inocentes, enamorados.
Siempre dejándonos en algunos brazos,
olvidándonos.
Y al final recordando,
trazando en letras las caricias, los suspiros,
las ausencias, los insomnios más íntimos.

Amigo mío, ¿Cuántos versos abandonados?
¿Cuántas musas para regresar siempre a una?

Amigo mío, compréndeme en estás letras que derribo.
No son ellas con su olvido, somos nosotros
los amantes fieles a nosotros mismos,
los que ya no tenemos alivio.

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Dedicado a mis amigos hombres, poetas, locos, enamorados. A ellos que como yo, pasan la vida soñando.

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AIRY MINOR

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Me escribes

me faltas

Me escribes cuando me sientes lejana,

cuando no encuentras en tus amantes, los brazos y besos constantes.

Piensas en mis caricias cuando las que me sustituyen no llenan los vacíos,

vas a recordarme cuando intentes dejarte en otra piel,

y un flash de mis labios ensalivados golpeé tu mente.

Me escribes cuando me sientes de otra,

cuando te das cuenta de que me estoy perdiendo entre las sombras,

y tratas de volver a encender los escombros de este amor.

Cuando menos te lo imagines, querrás escribirme,

y aunque tu orgullo intente detenerte, no vas a poder evitar

desear y morderte el labio al pensar,

en mis besos ensalivados recorriéndote las piernas…

AIRY MINOR

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