Episodio: Asociaciones, en el mes de abril.

 

Anoche logré, después de dos años, atreverme a cocinar albóndigas en una salsa roja con cacahuate y arroz. Este logro, para mí bastante significativo tiene todo que ver con ella.

La primera vez que comí algo que ella preparaba fue justo este platillo, el primer bocado me supo a gloria, comimos en su sillón mientras veíamos una película. Ella sonrió al ver que su platillo me había fascinado.

Sin embargo aquella tarde dijo algo que me molestó y me dolió en lo más profundo, si lo pienso ahora, pareciera una herida lejana. Mencionó que platicando con su ex, ella le había regañado porque después de tantas veces que yo corría saliendo de la oficina a su lado para ir a verla, ella nunca había tenido la atención de invitarme a comer. Y que ese día ella había decidido comer conmigo. Quise guardármelo, pero era evidente que ese comentario me había causado algo, así que tragándome el sentimiento solo dije que yo esperaba que cuando me invitará algo fuera porque le nacía y no porque alguien más se lo indicaba, ella mencionó que era porque le nacía, sin embargo después de lo dicho esa respuesta no tenía mucha valía para mí. Porque ante mi pensamiento, siempre iba ha estar el, “Lo hizo porque alguien más se lo dijo”.

Sin embargo verla cocinar me idiotizaba. Me enamoraba cada vez más por cosas como esa. Pero no fue solo eso lo que me fascinó. Fue llegar y ver como bailaba y cantaba mientras cocinada en un ritmo perfecto, entre el sazón y la perseverancia de ver el fervor del fuego en la estufa, admirar como mezclaba ingredientes en la licuadora, tengo el recuerdo perfecto e intacto en mi memoria, sus manos y su playera blanca sin una sola salpicadura, de vez en cuando se chupaba los dedos, comía cacahuates de la bolsa y en un arranque repentino como si se le ocurriera lo vació en la mezcla, el trueno del aceite cuando comenzó a freír la salsa, revisar el arroz al cual le echo pimienta y me pareció algo extraño, los pequeños trozos de especia esparciéndose lentamente sobre la sartén. Quise ser yo entre sus dedos deshaciéndome para caer lentamente a lo caliente.

El aroma de la comida se expandía, lucía apetitosa y yo salivaba en silencio, y la miraba, miraba como partía el huevo cocido y hacía pequeñas bolitas de carne, preguntándome ¿sabrá cocinar carne si es vegetariana? ¿podrá probar la cocción después? no importaba.

Ella se movía en una danza sensual y lenta, era divino verla cocinar, lo hacía parecer un acto seductor, y artístico, se volvía diosa y al mismo tiempo tan terrenal, inmortal. Toda la herencia de sus antepasados en un simple platillo, todas las costumbres de sus anteriores amantes plasmadas ahí.  De vez en cuando me miraba admirándola, sonreía, me besaba. – ¿Qué mi amor? – decía tiernamente.

Puso a cocinar todo a fuego lento, y me llevo al sillón, charlábamos, nos acariciábamos, me contaba de sus locuras, de sus días, de lo que haría, de sus preocupaciones, de todo.

Luego me llevo de nuevo a la cocina, tomo dos platos y sirvió primero el arroz, luego las albóndigas, espacio salsa generosa. Y aún así una parte de mí quería rehusarse a probar bocado.

Nos sentamos en la sala, fue la primera y única vez que comimos ahí. Tomé el tenedor y partí por la mitad mientras la humeante albóndiga se extendía, al mismo tiempo que miraba de reojo como ella cruzaba las piernas sobre su asiento y se enfocaba en mirarme, me lleve el primer bocado a la boca y fue como si una explosión de sabores me invadiera, sentí como mis pupilas se dilataban, el placer de los sabores me invadía, ella sonrío y se río de mis gestos. Preguntó por el sabor de la carne, le dije que todo estaba delicioso.

Devoré todo, hasta que ella me preguntó si quería más, dije que sí. Me volvió a servir. Seguíamos charlando, hasta que llegaba el momento de correr, de marcharme. Le pregunté si lavaba el plato pero nunca me dejó hacerlo. Me despedí, agradecí la comida y marché.

Por supuesto que no cocinaba para mí, nunca cocinó para mí o pensando en mí, siempre había otros, otras, siempre había alguien más. A mí solo me compartía un poco de todo, así funcionaba, así era, es todo.

Desde aquel día no hubo más albóndigas con arroz que pudieran compararse. Y al terminar esa relación no quise volver a probarlas. Pero anoche, algo cambio. No sé decir qué fue, solo comencé a prepararlas, sin dolor, con amor, recordando aquella receta que me hizo feliz, recordando las asociaciones, liberándolas, queriendo correr a contarle el gran avance que sentía, deteniéndome porque ya no me correspondía, recordando que un año antes justo en el mismo mes, la había besado por primera vez, y hoy solo recordando aquella tarde que corría de esta oficina para comer a su lado, y me regresaba en taxi justo aquí, en un mes de abril.

 

AIRY MINOR

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